Ella(s) misma(s)
Como una especie de ritual, que comienza a tempranas horas, en las calurosas tardes de Abril. Es ella sola, frente al espejo, con los frascos multicolor que adornan la marquesa y la conducen hacia su dilema vespertino. Continúa el ritual, la ducha extensa que la ahoga en vapor caliente y los químicos para el cabello que le nublan el subconsciente.
Parada allí, nuevamente frente a la encrucijada ¿darán su fruto las revistas quincenales? ¿recordará los veintisiete artículos sobre colores y texturas que la desvelaron el fin de semana?
Juntó suficiente valor, para aventurarse y ser creativa, para exponerse al vituperio de los que considera faltos de gusto y sentido de la moda, gente normal que no sabe la diferencia entre el fucsia y el magenta.
Sus pasos firmes, producto de otra hazaña que desafía las leyes de la física, la ergonomía y hasta el sentido común. Se acerca a su pasarela, los pasillos universitarios, autopistas del esnobismo, donde se respiran ambiciones y una que otra feromona.
El esfuerzo da resultados prematuros, la mirada tímida de algún desconocido, el gesto morboso del compañero de clase o la broma sugerente del catedrático pervertido. No todo es malo, por fortuna, sus compañeras le han dicho que se ve divina, en otro gesto de hipocresía etiqueta tan común de la adolescencia, pero su ánimo no ha decaído. Lo está logrando.
Llevó la caída del sol a cuestas, con la ayuda de ese diminuto espejo, que se pierde tan fácilmente en ese universo paralelo, llamado cartera. Jamás perdió el glamour, jamás perdió el orgullo o la dignidad, no es su culpa que las luces tenues y débiles de las aulas apaguen el brillo de su chaqueta o distorsionen la tonalidad de su maquillaje. Hizo lo posible y triunfó.
Llegó a la noche, en casa, en el mismo altar donde dio inicio su ritual de todas las tardes; para iniciar otro, del que queda poca evidencia, poca que las luces favorezcan, porque finalmente será libre, porque finalmente relajará cada músculo de su rostro y donde nadie hará miradas perversas o sugerentes, donde el único cumplido, será la caricia de la almohada en su cabello alisado. Es ella misma, la joven mujer de conflictos vespertinos, rindiéndose a la hermosa sensación de importarle un carajo. Es ella, la misma.